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Atreverse.

A veces sólo nos queda dar un salto.

Soltar el control, animarnos, perder los miedos o ser la que los amenaza.

Si el estado deseado no es presente, entonces hay que atreverse a cambiar, a mutar, a transformarse.

A salir de la comodidad, dejar lo estático, permitir el movimiento.

Bailar con la vida en lugar de agarrarnos a las piñas.

Devolver los rencores heredados.

Perdonar porque al final sólo necesitamos perdonarnos a nosotras, cualquier rencor nos puede enfermar.

A veces es cuestión de dejar de darle la vuelta mental a las cosas, de quitarle el mando al ego, de permitirnos la humildad de equivocarnos.

De dejar de hinchar con el orgullo, de encontrar la medicina en esa frase que siempre odié, sobre poner la otra mejilla.

Porque la guerra agota y al ofrecer tu otra mejilla, el azote nunca llega. Porque se disolvió al rendirte, con tu actitud de entrega.

Y sí, es sólo una cuestión de actitud, de perspectiva.

¿Con qué querés seguir en guerra, haciendo fuerza? ¿Para qué?

La necesidad de cambiar nace de la búsqueda de paz.

Y la paz se despliega en la aceptación.

Una aceptación que nos llega cuando conectamos con la Divinidad interior.

Crear el presente que soñás está ahí, al alcance de tu atrevimiento.

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Ecos de la Luna llena acuariana.

Creés que no sos capaz, que te falta saber cosas, que no sos buena haciendo algunas, que carecés de valor para merecer algo, que no esto, que te falta lo otro.

No te detiene de crear cambios en tu vida la persona que sos de verdad, te detiene todo lo que creés que no sos, lo que te hicieron creer que te falta, lo que seguís comprando que no podés.

Pero cuando te desprogramás, cuando salís del rol en que te pusiste por costumbre y te apoderás de tu esencia, descubrís que sí.

Que podés.

Que lo tenés todo.

Que lo merecés.

Y el miedo a brillar termina calladito en un rincón.

Porque vos no viniste a esconderte del mundo, viniste a ser la reina de tu vida.

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Reflexiones de Luna llena

Hay una parte del proceso de alquimia y transformación personal que vivimos constantemente, a la que le llamo “la caída”.

Es ese momento en que volvemos a atravesar una noche oscura del alma, instantes, días, meses o temporadas de una profunda tristeza, desconexión del fuego interno, y hasta depresión, necesarias para reconocer que estábamos pensando demasiado. Nos perdimos.

Es la caída la que nos muestra que habíamos enfocado la atención en el No-Ser (como le llaman en Diseño Humano) y nos habíamos distanciado de nosotras mismas. Nos pusimos a ver los huecos, los miedos de carencias, los temores de soledad, de fracaso y así, en lugar de comenzar de a poco a agradecer lo que sí está disponible, lo vivido, lo que nos hace bien.

Sin la caída hay despertares que no pueden ocurrir. Y despertar muchas veces implica soltar algo que duele mucho, pero más duele seguir aferrándose, haciendo fuerza por algo que necesita que lo dejemos ir.

Dejarse caer es tan necesario como saber levantarse.

Reflexiones de Luna llena en Capricornio mientras se me rompe otro cascarón de un deber ser viejo y oxidado.

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Sol, Luna y ascendente

Ni el Sol ES el padre ni la Luna ES la madre.

Los planetas de nuestra carta natal representan arquetipos internos, imágenes definidas en el inconsciente colectivo que toda la humanidad comparte. Los entendemos instintiva y automáticamente, aunque podemos profundizar en ellos a consciencia, claro.

Tradicionalmente dicen que el Sol representa el vínculo con el padre y la Luna, con la madre. No casualmente, bajo el patriarcado mitológico que aún nos influencia, el Sol representa el brillo y las capacidades de actuar transmitiendo y emanando nuestra esencia, y la Luna todo aquello que representa el pasado, lo repetitivo, lo que hay que cortar. Como si tuviéramos que abrirnos al Sol y negar a la Luna. Siempre la misma historia: que la Luna se quede en casa haciendo sus labores, invisible, y el Sol salga a “traer el pan” y brillar en lo que hace.

El Sol representa energía activa pero también reposa. Reposa en sí mismo cuando está en equilibrio nuestra identidad egoica con la esencia que llevamos dentro. Y se expresa en movimiento pero también en quietud, en la seguridad de habitarse. Y se puede habitar gracias a la Luna.

La Luna representa energía más yin, pero que puede salir de la comodidad que estanca y no necesariamente tiene que acotarse a lo repetitivo y familiar, a la perspectiva del vínculo con la madre o al hogar. La Luna es el hogar del pasado (de la infancia, de otras vidas, del alma) pero también puede ser futuro.

La Luna es nuestro cuerpo emocional, el Sol nuestro cuerpo mental y entre ambos se tejen energías junto al resto de planetas que nos hacen ser quienes somos. Ellos nos tejen, nos construyen, pero ellos somos nosotros.

Y en ese camino, un signo asciende en el horizonte en la hora y lugar bajo los que tomamos nuestra primera respiración: el ascendente. Desafío y una especie de “destino elegido”, hacernos cargo de que somos tanto ese ascendente como el Sol y la Luna, nos completa. Somos todos los planetas, luces, sombras, complejos y energías de nuestra carta natal.
Con algunas nos identificamos más que con otras -porque al ego le encanta describirse- pero, aunque alguna no nos guste, que es natural, somos ese entramado complejo y completo.

Definirnos en un signo es simplificar a la astrología aunque es lógico que no todo el mundo quiera sumergirse en ella y elija sólo un poquito de guía y no el mapa completo. Y eso está bien, por eso me gusta hacer la guía por signos, porque alcanza a todo el mundo y no sólo a quienes quieren aprender.

Y si querés aprender, podés sumarte a la Travesía Astral que iniciamos en marzo. Y te aseguro que además de aprender, te vas a conocer y reír un montón. Porque sin juego y sin diversión ya hemos aprendido demasiado tiempo.