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Ego espiritual.

Somos ego y somos espíritu, somos materia y energía. Ninguna de estas cosas está bien o mal, son todo lo que somos. Luz y oscuridad. Cuerpo y alma.

El “ego espiritual” o uno de los disfraces del ego, se hace visible cuando alguien intenta dejar de lado su propio ego en su camino de “regreso al alma”, es decir, intenta trascender su persona y ser únicamente espíritu, vivir sólo en lo espiritual. Es una búsqueda búdica, de iluminación y trascendencia romantizada.

Sucede cuando una persona -con todos sus privilegios- tiene acceso al mundo intelectual de la espiritualidad: libros, cursos, maestros. El paso siguiente será la práctica, lo que llevará a la persona al mundo pisciano, a la experiencia de fusión con el todo. Y ahí se queda, en el mundo espiritual volátil, pretendiendo ser todo luz y amor y convirtiendo sus mensajes en algo tan peligroso como la radioactividad.

Como está tan anclado en su ego -porque cree que lo trascendió- y en los mensajes de amor y alta vibración, no ve lo que realmente tiene enfrente: su poca capacidad de vivir en la Tierra, y lo mucho que precisa integrar su sombra. Se convierte en alguien espiritualmente soberbio, desprestigia y hasta insulta a quienes no piensan igual, o “vibran bajo”.

El ego es un compañero terrenal, nos sostiene en este plano y sin él seríamos entes que andan volando por ahí sin límites, personalidad, etc. Cuando lo dejamos hablar demasiado alto, es que comenzamos la búsqueda: sentimos que necesitamos un cambio. Pero ni meditando 24/7 vamos a ponerlo en su lugar si no nos hacemos responsables de nuestra propia sombra primero.

Por eso, al llegar a la etapa pisciana, álmica, es preciso volver atrás, tener consciencia social y aportar al colectivo, reconocer que se está acá para masterizar la materia también, y así. La parte de integrar la sombra será la más dura, que tal vez nos lleve toda o gran parte de la vida. Ahí es donde el ego encontrará su lugar como colega y no como jefe, y donde aprendemos a ser humildes, a reconocer nuestros miedos e inseguridades, y a empatizar con el otro que vive su propio viaje.

No es la idea que seamos perfectos, sino que aprendamos a SER en equilibrio todo lo que somos.

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