Descubrí cómo saber regular tu sistema nervioso influye en tus decisiones, relaciones, bienestar y capacidad de crear la vida que deseás. Aprendé a identificar si vivís en alerta, colapso o regulación.
Aprender a regular tu sistema nervioso puede ser el inicio del cambio que estás buscando crear en tu vida, y llevarte, a través de prácticas simples, a recuperar tu bienestar y vitalidad.
Estados de tu sistema nervioso
Escenario 1:
Te levantás y comenzás tu día apurada, pensando en todas las cosas que tenés que hacer. Comenzás a sentir una especie de presión y urgencia interna, y sabés que no vas a tener ni un momento de descanso porque siempre te falta tiempo. La mente va a mil, vas de acá para allá sin parar, porque además tenés la necesidad de controlarlo todo.
Cuando tenés un minuto para relajarte, siempre aparece algo nuevo para hacer, como si no pudieras quedarte quieta. La productividad se siente alimentada por la ansiedad por el futuro.
El miedo te susurra en la nuca. No confiás en que los demás puedan hacer las cosas tan bien como vos. Tenés que moverte siempre, escapar de algo, o luchar.
Los demás te ven como una persona exitosa, que puede con todo. Pero por dentro vivís sintiendo que nunca llegás.
El mundo, allá afuera, se siente peligroso, caótico, poco amigable. No es sólo una mirada “realista”, es tu perspectiva para vivir protegiéndote de posibles daños. Sí, claro que es el mismo mundo el que te lleva hasta ahí, pero los ataques de pánico, la ansiedad, la ira, tu falta de foco, los problemas para dormir, la presión y el colesterol alto, los dolores crónicos de espalda…todos son expresiones de vivir en un estado de lucha o huída.
Sos productiva, sí, pero ¿a qué costo?
Estar viviendo desde el estado de urgencia te hace creer que todo te lleva demasiado esfuerzo. Por eso cada cosa que creás en tu realidad suele desaparecer poco después de llegar, lo que confirma tu creencia de que lograr algo en la vida requiere mucho sacrificio y de que hay mucho que hacer para que algo se “manifieste”. Podés pasártela criticando a los que logran fácilmente las cosas que vos sentís que nunca te llegan, sintiéndote menos que ellos o expresando ira y sentimientos de injusticia e impotencia.
Escenario 2:
No querés ni salir de tu casa, estás más segura escondida.
Te sentís chiquita, como si no importaras, aunque los que te aman te digan que sí. Llegaste hasta ahí luego de “haberlo intentado todo”. Estuviste demasiado tiempo en lucha o huída, en un estado de constante productividad o llegaste hasta aquí luego de mucha visibilidad o un trauma severo.
Como todo lo demás falló, te comenzaste a sentir desesperanzada, atrapada en una especie de colapso, disociación y apagado.
Preferís estar así porque sentir todo lo que venías sintiendo se hizo insoportable, así que es mejor no sentir nada, no ser nadie. La desesperanza, el sentimiento de abandono hasta por lo divino, el letargo, el sentir que no podés con nada son la firma de este estado, llamado dorsal. Estás nublada, el mundo no tiene remedio.
Te sentís tan perdida que creés que no vas a salir de ahí nunca más (pero se sale, soy un ejemplo de ello).
Tu cuerpo está en modo hibernación. Y por eso los problemas de memoria, la disociación, el sentimiento de soledad y no tener energía para las tareas diarias son expresiones comunes de este estado dorsal.
Si seguís así por mucho tiempo, hay consecuencias en tu salud como fatiga crónica, baja presión, problemas digestivos y respiratorios, y otros más graves como la fibromialgia. Pero no significa necesariamente que vayas a tener todo o algo de esto.
En este estado ya no intentás crear nada, porque simplemente no tenés ni ganas, ni fuerza ni confianza en poder lograrlo. No creés en la “manifestación” y de hecho, sentís que ya no creés en nada… incluso te atajás de todo diciendo que sos antisocial, cuando en realidad es que tu cuerpo está conservando energía.
Escenario 3:
Aunque sepas el estado del mundo actual, te sentís segura, protegida.
Tus músculos son fuertes, pero no sentís la necesidad de protegerte de alguna amenaza. Te reís mucho. Sentís libertad de compartir momentos con los que amás, la seguridad y la conexión se sienten normales.
Tenés una perspectiva amplia de la vida, conectás con amigos, la vida se siente segura, divertida, en paz. Te sentís feliz, curiosa, activa, interesada en aprender cosas nuevas.
Te organizás con facilidad, cumplís tus planes, te cuidás a vos misma, te das tiempo para relajarte y distraerte, sos productiva sin exigirte de más y tenés una sensación general de bienestar.
No solés enfermarte, tenés buena digestión y dormís bien. Sea que es tu estado natural o que aprendiste a regular tu sistema nervioso, es desde aquí que podés crear con naturalidad y manifestar lo que querés sin sobreexigencias.
Estás en el estado ventral, ese al que apuntamos porque representa nuestro equilibrio y salud integral.
Mi observación después de años acompañando mujeres
La mayoría no sabe reconocer en qué estado vive, porque cree que la manera en la que se siente hace demasiado tiempo, es normal. Tanto, que se termina convirtiendo en parte de su identidad.
Normalizó sentirse cansada, estar siempre ocupada, funcionar desde la urgencia y la presión y vivir desconectada de sí misma.
El problema es que cuando algo se vuelve normal, deja de cuestionarse.
Por eso el primer paso no es manifestar, producir u optimizar, sino desarrollar suficiente conciencia para reconocer desde qué estado estás construyendo tu vida y cómo regular tu sistema nervioso para volver al estado natural de creación fluída y bienestar.
Porque la calidad de tu realidad rara vez supera la calidad del estado nervioso desde el que la estás creando.
Si querés aprender a regular tu sistema nervioso de manera práctica y cotidiana, sumate a Vitalizarte, el programa más simple para aprender cómo volver a vos y a tu estado natural de bienestar y equilibrio.
O podés comenzar por mi diagnóstico gratuito aquí para ver qué te está impidiendo cambiar y de ahí descubrir en qué estado estás actualmente.


