Renacer cada 9 de enero

Era julio de 2014 cuando arribé a Uruguay por primera vez, y fue el 9 de enero de 2015 -con 31 años- cuando volví con un par de bolsos y una computadora, para instalarme en Montevideo.

Esa noche miré al techo del cuarto que alquilaba donde convivía con otras dos chicas, y me pregunté, un poco con miedo y otro poco con excitación, qué caraj@s había hecho.

Me había alejado de toda mi familia, de mis amigos de toda la vida y de absolutamente todo lo que conocía, para aventurarme en busca de mi norte, de mi santo grial, o de mí misma. Quizás de todo eso.

Ahora comenzaba una nueva etapa, un ciclo desde cero, casi jugando a que era una tábula rasa.

Crucé el charco con $20.000 -pesos argentinos-, enseñé niveles de registros akáshicos para mantenerme y cuando estaba a punto de quedarme sin dinero, me llamó @protonsmom para avisarme que había quedado seleccionada para trabajar en la editorial.

De ahí salieron dos amigas, un puesto gerencial que ni me esperaba, viajes a Europa y a Asia y muchas experiencias con las que soñaba cuando estaba en Argentina y otras tan sorprendentes como maravillosas.

Hace ocho años dí un salto, seguí estímulos (una patente uruguaya fue la clave) y me hice caso. Hace ocho años me permití volver a ser, a crearme, transformarme. Renacer.

Y hace cinco años que lancé este Instagram y mi página web, porque también elegí dar este salto: el de trabajar de lo que amo y que funcione.

Porque, no, no siempre lo hace. Emprendí mil veces y nunca funcionó hasta que lo hice desde el autoconocimiento, desde saber qué me hacía latir de verdad el corazón.

Y fue a mi corazón -sin saberlo- a quien seguí para mudarme a Uruguay.

Cada 9 de enero celebro mi continuamente nueva vida.

Porque una renace todas las veces que sean necesarias.

Foto 1, la clásica.
Foto 2, la noche de mi primer cumpleaños acá, con dos amigos que vinieron de Campana
Foto 3, “Lo mejor está aún por llegar”, un recordatorio que me mantuvo la fe mucho tiempo.

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