Inteligencia artificial y futuro del trabajo

Quizás prepararnos para el futuro signifique volver a aprender a vivir

Hay una conversación sobre inteligencia artificial que empezó a darme miedo de verdad, y no tiene que ver con imaginar robots persiguiéndonos por las calles ni con creer que ChatGPT va a despertarse una mañana con ganas de exterminar a la humanidad, tiene que ver con algo bastante más humano, y justamente por eso, quizás, bastante más peligroso.

Hay investigadores que trabajaron en algunas de las empresas de inteligencia artificial más importantes del mundo -OpenIA y Anthropic- hablando públicamente de la posibilidad de que perdamos el control sobre sistemas mucho más inteligentes que nosotros. Algunos asignan incluso probabilidades nada despreciables a escenarios de extinción o de pérdida permanente del control humano sobre el futuro, y aunque nadie puede calcular seriamente ese porcentaje (como si estuviéramos hablando de las probabilidades de lluvia del domingo), tampoco me parece posible escuchar a las personas que están construyendo esta tecnología decir que existe un riesgo y simplemente seguir scrolleando.

Pero cuanto más leo sobre esto, menos miedo me da la inteligencia artificial en sí misma y más me preocupa algo que conocemos desde hace muchísimo tiempo: nosotros mismos.

Quizás el mayor peligro de la inteligencia artificial seamos nosotros

No creo que una IA tenga que odiarnos para que las cosas salgan terriblemente mal, como tampoco creo que los billonarios que están detrás de estas empresas quieran destruir a la humanidad (más allá de que los aborrezco), lo que creo es que tenemos un sistema en el que personas extraordinariamente ambiciosas compiten por construir algo extraordinariamente poderoso, mientras ninguna quiere ser la que frene primero porque sabe que, si ella frena y el competidor no, probablemente pierda.

Y no hace falta ninguna conspiración cuando los incentivos están mal diseñados.

A veces alcanza con que todos hagan lo que individualmente tiene sentido para producir colectivamente un desastre.

Es todo muy Urano en Géminis, sí, pero quiero mirar un poco más allá, a 2028.

Saturno en Tauro y una pregunta inevitable sobre el valor

Todo esto me dejó pensando muchísimo en Saturno entrando en Tauro en 2028, porque es algo que vengo mirando en las próximas efemérides.

No porque crea que Saturno en Tauro vaya a traer el apocalipsis tecnológico, ni porque piense que podemos mirar una efeméride y decidir que en determinado mes se termina el mundo, sino porque hay algo casi demasiado literal en que, justo cuando empezamos a enfrentarnos a la posibilidad de que la inteligencia deje de ser un recurso exclusivamente humano y escaso, Saturno entre en el signo que nos obliga a revisar qué tiene valor, qué poseemos, qué necesitamos para sobrevivir, cómo administramos los recursos y sobre qué estructura material estamos construyendo nuestra seguridad.

Porque la inteligencia artificial parece etérea hasta que miramos qué necesita para existir.

Chips, centros de datos, cantidades enormes de electricidad, agua, minerales, tierra, infraestructura y capital.

Es decir, detrás de esta inteligencia aparentemente ilimitada hay recursos (bienes) absolutamente limitados.

Y quizás una de las grandes conversaciones de los próximos años no sea si la inteligencia artificial se vuelve consciente, sino quién posee la infraestructura que permite que exista, quién captura la riqueza que produce y qué sucede con el resto de nosotros cuando una parte cada vez mayor del trabajo que antes requería años de formación humana pueda hacerse en segundos.

El futuro del trabajo no depende solamente de lo que pueda hacer la IA

Porque si una empresa que necesitaba diez mil personas puede producir lo mismo con mil personas y miles de agentes artificiales, esa productividad puede convertirse en una civilización en la que trabajamos menos, vivimos mejor y recuperamos una enorme cantidad de tiempo para criar, crear, descansar, cuidar, aprender y disfrutar, o puede convertirse en una civilización en la que una cantidad cada vez menor de personas posee una cantidad cada vez mayor de riqueza, infraestructura y poder.

La tecnología puede ser exactamente la misma, lo que cambia es quién se queda con lo que produce.

Y por eso creo que el verdadero conflicto que tenemos delante quizás no sea humanos contra máquinas, sino una conversación mucho más vieja sobre capital, trabajo, propiedad, poder y valor, sólo que esta vez amplificada por una tecnología capaz de hacer cosas que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas.

Entonces apareció una pregunta que me resulta muchísimo más interesante que preguntarme si debería construir un búnker y comenzar a aprender a hacer fuego, filtrar agua de lluvia y armarme la huerta (en una casa alquilada, por cierto).

¿Qué trabajos no podrá reemplazar la inteligencia artificial?

En realidad, creo que la pregunta está ligeramente mal formulada.

No sé si existen demasiados trabajos que podamos afirmar hoy que la inteligencia artificial nunca podrá reemplazar, porque sospecho que estamos subestimando muchísimo lo que estos sistemas van a ser capaces de hacer, pero sí creo que existen trabajos cuyo valor no está solamente en la tarea que realizan, sino en la presencia humana que contienen.

Y ahí aparece para mí algo muchísimo más importante:

¿Qué cosas seguirán teniendo valor si la inteligencia deja de ser escasa? Si el conocimiento deja de ser para unos pocos…

Porque durante siglos ser capaz de escribir, calcular, diseñar, traducir, programar, diagnosticar, analizar o conocer profundamente un tema nos daba valor económico precisamente porque esas capacidades requerían tiempo, formación y experiencia, pero si una máquina puede producir una parte importante de ese trabajo prácticamente gratis, quizás tengamos que redefinir qué significa que algo sea valioso.

Y sospecho que, paradójicamente, cuanto más artificial se vuelva el mundo, más valor van a adquirir determinadas cosas profundamente humanas.

La presencia, el cuerpo, la confianza, la experiencia en persona, la reputación, el vínculo, la comunidad, la capacidad de cuidar, la capacidad de reunir personas, la artesanía, la tierra, la naturaleza, una voz que sabemos de quién viene, una obra creada por alguien cuya historia nos importa, algo que nace de la sabiduría de los años, de las canas o del alma. El alma. Las IA no tienen alma…

No digo que la inteligencia artificial sea incapaz de imitar algunas de estas cosas, (probablemente pueda hacerlo cada vez mejor y me imagino algo mucho más evolucionado que Robotina) sino porque puede llegar un momento en el que saber que hubo un ser humano del otro lado sea parte del valor que estamos comprando.

Una IA puede escribir una novela técnicamente extraordinaria y yo puedo seguir queriendo leer qué tiene para decir una mujer que atravesó una vida entera de experiencias y decidió convertirla en un libro con sus propias palabras.

La IA puede conocer toda la teoría disponible sobre maternidad y no puede venir a cuidar a mi hijo mientras yo duermo.

O puede crear una canción perfecta mientras vamos a seguir prefiriendo pagar una entrada para escuchar a otro ser humano cantar.

Puede saber muchísimo más que cualquier mentor, terapeuta o maestro individual y aun así podemos necesitar que alguien nos mire, nos conozca, nos acompañe y se haga responsable de estar ahí con nosotros.

El cuidado de niños, mayores y enfermos, los oficios físicos que suceden en entornos impredecibles, los trabajos corporales, la hospitalidad, la negociación, el liderazgo, determinadas formas de terapia, enseñanza, arte, acompañamiento y creación, y especialmente aquellas actividades en las que no estamos comprando solamente un resultado, estamos eligiendo a la persona, me parecen por eso mucho más resistentes que los trabajos basados exclusivamente en producir información.

La inteligencia artificial puede hacer que la autenticidad valga más

Esto también está cambiando profundamente la manera en la que pienso los negocios.

Hace tiempo vengo diciendo que los negocios que prosperarán serán los más auténticos, pero cuanto más observo lo que está sucediendo con la inteligencia artificial, más literal se vuelve para mí esa idea.

La información genérica está perdiendo valor a una velocidad extraordinaria.

No necesitamos otra persona explicándonos algo que una IA puede explicarnos en treinta segundos.

Necesitamos pensamiento, perspectiva, propiedad intelectual.

Necesitamos alguien que haya tomado todo lo que sabe, lo haya atravesado con su experiencia y haya llegado a una conclusión propia.

Necesitamos saber por qué vos.

Y quizás por eso la inteligencia artificial no termine destruyendo la marca personal, como algunas personas creen, sino volviéndola muchísimo más importante.

Cómo prepararnos para el futuro de la inteligencia artificial sin vivir aterrorizados

Y te lo escribe la reina del drama y del pánico al futuro, eh.

Si realmente estamos entrando en una década de transformaciones económicas, tecnológicas y laborales enormes, ¿qué deberíamos empezar a hacer en nuestra vida cotidiana?

Y sí, en algún momento me encontré pensando si debería aprender a hacer fuego, plantar papas y filtrar agua de lluvia, me reí mientras lo pensaba y después me di cuenta de que, sacándole la fantasía apocalíptica, la pregunta no era tan ridícula.

No creo que tengamos evidencia suficiente para vivir preparándonos para una civilización medieval en 2027, ni pienso organizar mi vida esperando que llegue Mad Max, pero sí creo que tenemos razones bastante buenas para construir vidas menos frágiles.

Quizás recuperando la importancia de la resiliencia y la capacidad de reinvención de nuestro cerebro. La neuroplasticidad.
Y recuperar, también, lo que nos ayuda a regular nuestro sistema nervioso en momentos de crisis donde todo lo que pensamos es en cómo vamos a sobrevivir, si es que lo hacemos.

Recuperar habilidades que nos devuelvan autonomía

Es interesante aprender a cultivar alimentos aunque nunca haya una crisis de abastecimiento, porque tener una huerta nos conecta con la tierra, nos enseña una habilidad real y nos permite producir algo que consumimos.

Es interesante saber cómo almacenar y potabilizar agua aunque nunca colapse la infraestructura, porque una interrupción de algunos días es muchísimo más probable que el fin del mundo. Bueno, en Uruguay lo hemos vivido en 2023 con la crisis hídrica, qué recuerdos (horribles).

Es interesante tener una alternativa para cocinar si no hay electricidad, aprender primeros auxilios y RCP, saber conservar alimentos, cómo reparar algunas cosas, coser, orientarnos sin el GPS, cocinar desde ingredientes básicos, tener linternas, baterías externas y eventualmente alguna fuente alternativa de energía. Sí, claro.

Pero, además de todo eso, me interesa construir resiliencia financiera. El dinero no va a desaparecer en breve y lo vamos a seguir necesitando.

Tener ahorros, bajar costos fijos innecesarios, no depender de una sola fuente de ingresos, ni de una sola plataforma, tener activos propios.

Construir una audiencia que pueda encontrarme aunque mañana desaparezca Instagram, tener una lista de correos, una metodología, productos, conocimientos, relaciones y una reputación que ninguna plataforma pueda apagar con un cambio de algoritmo.

Quizás esas sean las cosas que permiten que un negocio -o mis talentos- sigan generando ingresos en una era donde el capital humano es cada vez más escaso.

En un mundo hiperconectado, quizás necesitemos recuperar la comunidad

Cuando imaginamos una crisis, pensamos inmediatamente en autosuficiencia, en una persona aislada produciendo su comida, generando su electricidad y protegiéndose del resto del mundo, cuando buena parte de la resiliencia humana siempre vino exactamente del lugar contrario.

De conocer a nuestros vecinos, de tener familia y amigos cerca, de saber quién sabe arreglar algo, quién tiene herramientas, quién puede cuidar a tus hijos, quién sabe cultivar, quién tiene un auto, quién puede ayudar cuando nosotros no podemos.

Quizás una de las mejores maneras de prepararnos para un futuro dominado por tecnologías increíblemente poderosas sea reconstruir algo muchísimo más antiguo que ellas: nuestra capacidad de contar unos con otros. De crear una red, no para depender de ella, sino para sentirnos apoyados, estables, sostenidos.

A la IA no le voy a entregar mi cerebro

Hay una última cosa que quiero preservar mientras uso inteligencia artificial casi todos los días -porque siendo realistas, ya está en casi todo-: mi cerebro.

Creo que sería absurdo prepararnos para una posible dependencia tecnológica comprando bidones de agua mientras entregamos voluntariamente cada una de nuestras capacidades cognitivas a una máquina.

Quiero seguir leyendo libros largos, quiero escribir cosas sin asistencia, quiero recordar, quiero pensar antes de preguntar, quiero ser capaz de sostener una idea durante horas, contradecirla y discutir conmigo misma, cambiar de opinión, encontrar relaciones que nadie me señaló y llegar a conclusiones propias.

Quiero usar la inteligencia artificial para multiplicar mi capacidad y hacerla más accesible para mis clientas, no para reemplazarla.

¿Y si se trata de prepararnos para futuros difíciles construyendo una vida que igual queramos vivir?

No sé qué va a suceder con la inteligencia artificial, tampoco saben exactamente quienes la están construyendo, y no quiero pasar los próximos años aterrorizada intentando prepararme para cada escenario distópico imaginable.

Quiero hacer algo mucho más simple.

Prepararme para los futuros difíciles solamente con decisiones que también mejoren mi vida si el futuro resulta maravilloso.

Quiero una huerta aunque nunca falte comida.

Quiero saber hacer fuego aunque nunca se corte la electricidad.

Quiero más autonomía financiera aunque la inteligencia artificial genere una era de prosperidad para los ricos de siempre.

Quiero tierra, árboles y agua porque quiero vivir cerca de ellos, no porque esté esperando el colapso de la civilización.

Quiero una comunidad fuerte aunque nunca necesitemos sobrevivir juntos a nada.

Quiero criar un hijo que sepa pensar, aprender, crear, cooperar, hacer cosas con sus manos y utilizar la tecnología sin entregarle su autonomía.

Quiero un negocio que no me consuma la vida.

Y quiero seguir construyendo una vida que tenga sentido incluso si todas nuestras predicciones sobre el futuro estaban equivocadas.

Quizás Saturno en Tauro no venga a preguntarnos cómo sobrevivir al final del mundo con recursos escasos.

Quizás venga a hacernos una pregunta bastante más incómoda y, al mismo tiempo, mucho más fértil:

cuando la inteligencia pueda fabricarse, ¿qué cosas vamos a decidir que siguen teniendo valor?

Tengo la sensación de que la respuesta no va a encontrarse solamente en una pantalla, quizás esté también en nuestras manos, en nuestros cuerpos, en nuestros vínculos, en la tierra que podamos tocar, en aquello que sepamos crear y cuidar, y en la vida que hayamos construido mientras todos los demás estaban demasiado ocupados intentando adivinar qué iba a pasar con el futuro.

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