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Crear la vida que soñás requiere coraje

Nací y crecí en una ciudad a 80 km de Capital Federal, en Argentina, llamada Campana.

Mientras estudiaba diseño gráfico comencé a trabajar y desde atender la caja y limpiar verdura en un autoservicio, pasé a trabajar en el sector de exportación de una fábrica, luego en una agencia de despachantes de aduana, después en otra fábrica pero en importación, finalmente a un estudio de diseño gráfico y cuando renuncié a todo para ser freelance, no funcionó.

Fracasé. Y lloré un montón.

Entré a una empresa de castillos inflables donde duré un mes.

Y lo seguía intentando.

Luego entré a una escuela como profe de arte, un trabajo que amé con locura.

No me renovaron contrato, y comencé a trabajar con el marido de mi mamá en exportaciones, un trabajo que odiaba. El clic fue el día de mi cumpleaños, cuando eran las 19 hs y seguía ahí. ¿Para qué sigo acá? ¿Para quién? ¿Hasta cuándo?

Entre todos esos trabajos tuve mil emprendimientos que me encantaban pero que, con el tiempo, dejaban de funcionar. Explotaban al principio y luego menguaban las ventas. Y yo me hartaba de hacer fuerza.

Una vez creé una feria de diseño ¡y hasta salimos en uno de los mayores diarios del país! Pero luego apareció otra feria por ahí, y otra más, y me volvía a frustrar.

Mientras tanto aprendí registros akáshicos, reiki, terapia floral Bach, astrología. Quería trabajar de esas cosas pero igual no funcionaban.

Entonces tomé coraje y me dije que iba a seguir ese sueño latente -que tenía hace años- de irme de mi ciudad. Barajé Córdoba, Mendoza, San Luis, Tucumán. Algunas de las provincias que conocía y me habían encantado.

Aunque en realidad buscaba algo más radical.

Volví un mes a la casa de mis viejos, vendí todo y me compré un pasaje de ida a Uruguay, Tenía que hacerlo. Iba a ser mucho menos incómodo sentirme sola en un nuevo país que seguir haciendo fuerza -acompañada- donde sentía que me moría por dentro.

Yo buscaba trabajar de lo que amaba y si no podía ser en Argentina, iba a ser en otro lado.

Y salté.

Necesité un poco de corajé, claro.

Y te juro que con un poquito, podés hacer un montón.

➡Saltar siempre va a ser mejor que preguntarte toda la vida: ¿qué hubiera pasado si me animaba?