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La belleza de la vida y de la muerte.

Desde que Anakin se fue, la casa se llenó de pajaritos. Horneros, benteveos, gorriones, canarios de todo tipo y color (que seguramente cada cual tendrá su nombre), tordos, palomas, cotorras, sabiás, y mis favoritas -porque están re locas-: las calandrias.

Me maravilla mirar por la ventana y verlos bañándose en esas fuentes improvisadas que les pusimos, o comiendo miguitas del mantel sacudido a las apuradas. A veces incluso se pelean, y es por eso que les tiro migas en varios sectores del jardín, separadas.

Los pájaros me han estado enseñando sobre el amor desapegado: no son como un gato o un perro, no los puedo agarrar, acariciar, «tener». Me muestran su belleza y es imposible considerarlos míos, como uno hace con cualquier mascota. Es más, se van en medio del cuelgue de tu mirada embelesada y te dejan esperando más.

Poco a poco siento que salgo del duelo al que me forcé cuando Anakin no aparecía después de algunas semanas. Me hice la cabeza de que, por más que él estuviera al lado de casa, o en la otra cuadra, o en otro barrio, o muerto, de cualquier forma no iba a volver. Eligió -o le tocó- otro camino.

Este verano fue algo accidentado, entre eso y nosotros adaptándonos a un nuevo barrio, nuevos vecinos, entorno, rincones. Es mi estación favorita y siento que no la pude disfrutar. Estar llorando tanto y sintiendo tanto enojo, dolor e injusticia, hizo que mis días fueran pasando uno tras otro sin más magia. Hasta que comencé a observar a los pajaritos, y a conectarme de nuevo con las plantas, a quienes también observo como abombada y les converso tanto que hasta siento que me responden, o que sonríen y se sonrojan por mis halagos.

Hace poco me dí cuenta que mi sistema de creencias está muy arraigado en mí, o al menos que tengo algunas que son mis grandes bases, como creer que todo tiene una lógica, un porqué, dentro del Universo. Eso me ayuda a protegerme -como toda creencia- y a dejar de sentir tanto enojo cuando suceden cosas que a mi parecer son injustas.

Hoy ví a una calandria como loca en la anacahuita que vive en la puerta de casa, me resultaba divertido ver cómo iba de acá para allá. Me crié en la ciudad, con salidas esporádicas a espacios naturales y ahora, viviendo en un entorno mucho más rodeado de naturaleza, todo me maravilla como si tuviera cinco años. Enfrente de la anacahuita, hay un jazmín, todo enredado en la reja, delineándola. Y ahí aparecieron tres pájaros que ya he visto antes, siempre juntos, carroñeros, metiéndose en el jazmín. Pirinchos, les dicen. Me maravillé con ellos hasta que Martín reaccionó y yo salí corriendo.

Me acerqué, echándolos, para indagar en el jazminero: había un nido, vacío. Por eso es que la calandria estaba como loca, porque probablemente era su casa.

Me pareció terrible.

Nunca pude aceptar la cadena alimenticia. Y cuando me tiré a llorar, algo me dijo que es la única manera que tiene la naturaleza de equilibrarse. Que con muchos pájaros, la tierra no tendría lombrices o bichitos para airearse. Me dió la explicación que necesitaba, pero igual no fue suficiente.

A veces siento que mi empatía es una maldición. Que humanizo animales, plantas, hasta cosas. Que me duele tanto la muerte en todas sus formas que por eso me fascina estudiarla, investigarla, aprenderla. Porque para pretender que tengo algo de control, racionalizo todo. La psicóloga siempre me decía que bajara, que saliera de la cabeza y sintiera. Es que a veces sentir es tan doloroso, intenso y profundo, que termino maldiciendo a este ascendente en Escorpio como si fuera el culpable de que el pecho se me abra en mil pedazos cuando la muerte me ronda.

Le tengo terror, todavía. Aprender del desapego -y de que en realidad nada muere nunca- ha sido y sigue siendo uno de los aprendizajes más duros que tengo que atravesar en esta vida. Ya sé que no me queda otra que integrarlo.
Sin embargo, como Quirón, soy capaz de explicar, guiar y comprender a quienes viven algo similar, a quienes no pueden más que sentir dolor cuando aparece la Mujer Esqueleto. Qué irónico, al menos racionalizar resulta útil para otros.

Estoy aprendiendo todo el tiempo a ver la belleza en la vida. Y no me queda otra que ver la belleza en la muerte también. Sobretodo cuando soy capaz de centrarme y conectarme con todo aquello que ha perdido la forma. Otra ironía: la muerte no existe, me digo.

La Luna llena en Escorpio me presiona la cabeza, el cuerpo, la nuca. La siento como un peso que no me deja hacer lo que quiero y me pide descansar. Vamos a ver si mañana pasa.