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Cada persona vive su propia espiritualidad de acuerdo a su propósito evolutivo.

Desde el punto de vista metafísico, en el caos del Universo hay un orden impecable, divino.

Para llegar a ese orden y al equilibrio que propone, debo primero atravesar el desorden. Si quiero llegar a la felicidad debo conocer lo que es sentirme infeliz, y así marcar la diferencia. Para encontrarme, primero debo saber qué es estar perdido. Es allí, en donde no me hallo, que se despiertan mis ansias de búsqueda, me motivo.

Cada ser humano vive su espiritualidad a través de su propia historia personal, experiencias, creencias. Cada uno tiene un propósito evolutivo personal y para el planeta, y cuanto más alineados estamos en coherencia con nuestro espíritu y vida en la Tierra, más orden podremos encontrar en nuestras vidas.

Lo que nos aleja de creer que todo es perfecto, es mantenernos en la ilusión de la dualidad. Claro, nos permite conocer la moral y vivir en la Tierra, su uso no está limitado a un bloqueo. Pero si yo conozco la dualidad, si la reconozco en mí, le quito poder y ya no me maneja. Es como integrar mi sombra.

Por un lado tenemos la espiritualidad práctica, mundana o terrenal, que es bajar el cielo a la tierra en actos rituales, pequeños, constantes. Va de la mano con nuestro crecimiento personal y procesos psicológicos. Es la parte de ir recordando qué soy en esencia y que tengo un cuerpo viviendo una experiencia humana. Alimentarme de manera sana, elegir mis batallas para proteger mi energía, tener un determinado proceso de higiene energética, saber intencionar para manifestar: esos son actos del día a día que me permiten realinearme con mi esencia, con mi Yo Superior.

Siguiendo, está el camino más profundo, el que desarma toda pretensión del ego en pos de su trascendencia: es la búsqueda de iluminación, de Ser mi propio Propósito Sagrado, de peregrinar hacia mí misme.

En la antigüedad, para iluminarse, había que ser asceta, encerrarse en un monasterio y meditar todo el día, cosa no muy posible para la vida actual. Experimentar este tipo de espiritualidad hoy en día, requiere disciplina, responsabilidad, consciencia social y mucha tridimensión. Rendición también: adiós juez y víctima, las posiciones egoicas más usuales dentro nuestro.

Desde este lugar, podemos elegir dejar de quejarnos, de enojarnos, de sentirnos inferiores, abandonados, que no pertenecemos, o lo que sea que nos ponga en una posición victimista. Desde aquí podemos hacer consciente nuestra capacidad y potencial para vivir en la 3D desde el amor. Podemos elegir cambiar de perspectiva.

Cada cual tiene su propia verdad, creencias y su manera de buscar cambiar el mundo, a través del cambio personal primero.

Habrá quienes lo hagan desde el fuego incendiario del hartazgo, poniéndole fin a históricos abusos a través de manifestaciones, actos, gritos desde el fuego interior, haciéndose notar y quemando todo a su paso. A esas personas las admiro con el alma.

Otres lo harán desde el agua, lo emocional, lo nutricio, abriendo el corazón, protegiendo, habitando su elemento desde el lugar que más conecte con su Alma.

Por otro lado estarán quienes lo hagan desde el aire, desde la palabra, la comunicación, la expresión del intelecto y del Alma, la enseñanza, como si fuera el éter divino compartiéndolo todo. Aquí está el trabajo energético que se trata de sostener y elevar la vibración del planeta, junto a quienes lo hacen desde la Tierra, Gaia, la Pachamama, abrazando todo lo que ella implica y nos sostiene a nosotros.

Entonces, de acuerdo a nuestra esencia y a nuestro Propósito Divino, podremos vivir nuestra espiritualidad de una forma o de la otra. Alguien que trabaje en un puesto de mando de una empresa multinacional, por ejemplo, tal vez no tenga tanto tiempo para desarrollar su espiritualidad o no le interese tanto como a un terapeuta energético, sólo por citar un ejemplo sencillo y que por supuesto no necesariamente siempre es así, es sólo para graficar.

Los caminos son diferentes y cada quien tendrá contacto consigo mismo de manera diferente, así como también habrá personas que directamente no tengan interés en desarrollar este aspecto de su vida. Y está bien, nos necesitamos a todos en conjunto. Cada cual juega su parte en este mundo, en esta vida.

Es en vano juzgar al que aporta diferente sólo por creer que «mi aporte» es el único válido, el que va a cambiar al mundo por fin, como si no fuéramos nosotros los que tuviéramos que cambiar primero.

La pluralidad de granos de arena de acuerdo a la complejidad de nuestros elementos personales hace del colectivo algo único, flexible. Y lo hacemos paso a paso mientras vamos creciendo y aprendiendo.

Amor por el proceso, respeto por el otre.